martes, 26 de abril de 2011

JUAN MONTALVO

Juan Montalvo, escritor ecuatoriano, nació en Ambato el 13 de abril de 1832.  Hijo de Marcos Montalvo y Josefa Fiallos.  Realizó estudios en una escuela pública de Ambato y en el Convictorio San Fernando.  Se graduó de Maestro en Filosofía.  En 1851 ingresó a la Facultad de Derecho de la Universidad Central del Ecuador.  En 1858 fue nombrado Adjunto civil de la Embajada del Ecuador en Roma.  Se casó con Adelaida Guzmán;  tuvieron dos hijos: Alfonso y Carmen.  Falleció en París el 17 de enero de 1889.

Entre sus obras cabe destacar:  El Cosmopolita, El Antropófago, Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, El libro de las pasiones, Geometría Moral, Siete Tratados, El Regenerador, Los grillos perpetuos, Las Catilinarias, Mercurial Eclesiástica, El Espectador, De la risa y otros opúsculos póstumos.  En 1936, Roberto Agramonte publica (en La Habana) Páginas Desconocidas;  y en 1967 (en México D.F.) Páginas Inéditas. 

FISIOLOGÍA DE LA RISA       (Fragmento)
                                                                                                                                          Juan Montalvo

¿Hay hombre más ridículo, molesto e insufrible que ese que anda llenando de carcajadas tiendas y casas con motivo de sus propias sutilezas?  Pues yo afirmo que, aun cuando tenga alguna malicia intelectual, ése es un tonto, o por lo menos un necio.  Querer reír de todo, en todas partes y a cada instante, ¿qué es sino pobreza de espíritu?  Los bufones antiguos tenían obligación de hacer reír a sus amos y así andaban a caza de donaires mediante los cuales vivían  a mesa y mantel en los palacios.  Semejantes empleados habrán sido del gusto de los príncipes bárbaros de la Edad Media, pero en el día no es aceptable un enano burlón y estrepitoso, y mucho menos cuando sus ingeniosidades no siempre tienen sal en su punto.  Yo aguanto de buena gana el hazteallá de un hombre rostrituerto, primero que el genio viscoso y pegadizo del que no puede saludar sino prorrumpir en una risotada.  Lo mismo da que en vez de reírse alto y grueso, se rían entre las barbas ese ji ji quebrado y nudoso con que algunos pícaros nos embarran el alma, como si nos echaran sobre ella hilos de miel empalagosa y dañina.  Huid como del zorro de ese viejo barbirucio y grasiento que se empieza a reír pausadito y cortado desde que os descubre a una calle de distancia;  se ríe al ver un conocido, se ríe al saludarle, al preguntar por la salud, por la familia.  Le reponden que está bien, se ríe;  que está mal, se ríe,  envía memorias, y se ríe;  se va, y se ríe.  Algo se había de olvidar, allí vuelve;  no se había reído todo.  Si su infelliz interlocutor, su víctima, no alarga el paso y tuerce la esquina, le llamará otra vez, para reírse de adición;  mientras el cielo le dé barbas, no le ha de faltar una posdata.  Me parece que si se las arrancaran de cuajo, dejara de reírse, porque esos ji ji vivarachos y espeluznantes que salen como lagartijas de su boca , necesitan una maleza por donde retozar y esconderse.  Le piden un servicio, lo niega riendo;  le hacen un favor, lo recibe riendo, y riendo murmura del que se lo acaba de hacer.  La risa es el cuchillo con que asesina el ausente, el falso juramento con que engaña al presente.

                                                         (Tomado de:  Fisiología de la risa y otros textos.  Juan Montalvo.   
                                         Quito:  Ministerio de Educación del Ecuador, col. "Memoria de la Patria", 2009).

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